Las Palmas de Gran Canaria - Islas Canarias - España
 
El Libro del Génesis Revelado


Presentación del Libro
Creación Hombre Espiritual
El Hombre Terrenal

Día Primero
Día Segundo
Día Tercero
Día Cuarto

 

Día Quinto
Día Sexto
Día Séptimo

Texto Bíblico

Contraportada


Creación Hombre Espiritual
Edén Hasta la Humanidad
Dios Rechaza la Maldad
Consecuencias del Pecado
El Hombre Terrenal
C. Para el Hombre Caído
El Hombre Terrenal Relatos
El Reencuentro con Dios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




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Los Males que Sobrevinieron a la Humanidad

 

Al hombre le dijo:

“Por haber escuchado la voz de tu mujer

y comido del árbol

del que yo te había prohibido comer,

maldito será el suelo por tu causa

con fatigas sacarás de él el alimento

todos los días de tu vida.

Espinas y abrojos te producirá,

y comerás la hierba del campo.

Con el sudor de tu rostro comerás el pan

hasta que vuelvas al suelo

pues de él fuiste tomado.

Porque eres polvo y al polvo tornarás”.

(Gén.3,14-19)

 

Cuando dice, al hombre le dijo, la palabra hombre sigue refiriéndose a toda la humanidad.

Por haber escuchado la voz de tu mujer, y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito será el suelo por tu causa.

Cada uno era libre, y pudo haber elegido no escuchar a su mujer (a los seres que se acercaron al árbol prohibido y escucharon y obedecieron la voz del demonio). Podía cada uno de los que aún no habíamos pecado, haber rechazado la invitación y obedecer el mandamiento de Dios, como hicieron los que no se unieron a nosotros sino que siguieron el camino del primer río que sale del jardín de Edén hacia la gloria eterna (Pág.32). Sin embargo todos nosotros pecamos. Y Dios nos lo hace ver y nos dice:

Maldito será el suelo por tu causa.

Dios no maldijo al hombre como había maldecido a la serpiente (al demonio). Al hombre le dice que el suelo será maldito por su causa. Es el rechazo de Dios a lo que habíamos elegido para nosotros. Pone el Señor una separación entre la Vida en la que vivíamos, y en lo que hoy estamos por nuestra causa, por lo que decidimos. Y si todo en la Vida que teníamos era bendición, aquí en este estado está todo lo maldito que habíamos elegido.

Antes nos desarrollábamos sobre la bendición; todo en “el jardín de Edén” era bueno, bendito, salido de Dios. Este descenso nos trajo sobre un suelo de dolor y luchas y otros males.

El suelo aquí es el tope ínfimo en el que nos movemos, es el firme bajo nuestros pies, el soporte de nuestra vida. Y en sentido espiritual, sobre lo que se va desarrollando nuestra Vida aquí, en este estado no descendemos más abajo. Supone el límite del descenso en el que nos habíamos precipitado. Hasta ahí hemos venido con todos los males que traíamos con nosotros.

Sin embargo este suelo nos sostiene, nos lo ha permitido Dios para que no descendiéramos más y cayéramos al abismo; para que aquí, a través de todo lo que tenemos de Él, y lo que nos sobrevino como consecuencia del pecado, aprendamos a elegir otra vez, porque nos hizo libres, y así  elijamos la Vida en Él para bien nuestro y gloria de Dios.

Y esto requiere renuncias, esfuerzo. Y ese esfuerzo va fortaleciendo a cada uno, para acercarse más a Dios. Así nos lo hace ver en los siguientes versículos. Dios advierte, anuncia, todo lo que al hombre le ha sobrevenido para que la humanidad conozca su realidad y despierte:

Con fatigas sacarás de él el alimento todos los días de tu vida.

Al pasar desde ser seres espirituales, a este estado de humanidad, tiene unas necesidades que antes no tenía. Y precisa  alimento muy especial. Y Dios que ama a esta humanidad caída, le da además el alimento para el cuerpo. Y le sirve como medio para entender que también ha de luchar para alimentar su alma. Y conforme tiene que sacar del suelo el alimento para el cuerpo, así ha de luchar para fortalecerse espiritualmente y le sirva   esta lucha como alimento para su alma.

Por las consecuencias del pecado que se acarreó el hombre, Dios le concede esta lucha que le ayuda a sustentar su vida en Dios, lo que supone esfuerzo constante, cada día:

Todos los días de tu vida.

Antes lo tenía todo y lo perdió; ahora ha de luchar constantemente por permanecer en Dios, en Cristo que nos  lleva al Padre, y salir así de todos los males que le sobrevinieron por su causa. Y esta lucha es dura:

Espinas y abrojos te producirá.

Cuando el hombre toma la decisión de volverse a Dios, hay  lucha pues el enemigo trata de recuperarnos hacia él. Y esta lucha produce dolor, espinas y abrojos. También le dice:

Comerás la hierba del campo.

 Dios quiere hacernos ver que nada hemos de menospreciar, pues hasta lo más insignificante  nos sirve para aprender en nuestro caminar. La serpiente come polvo, a nosotros se nos da a comer hierba,  lo sencillo, lo más humilde, pues Dios se complace en el corazón sencillo y humilde (Is.66,2) como símbolo, la hierba.

Con todos ha de comer, compartir, no menospreciar nada ni a nadie por humilde que sea: nos puede servir de alimento para nuestra alma. Nos enseña esto, a no ser autosuficientes sino a compartir con todos para que ellos puedan compartir con nosotros, y alimentarnos de lo sencillo en este caminar, aprendiendo también así a ser humildes y sencillos (Ap.8,7).

Con el sudor de tu rostro comerás el pan.

Dios nos da el pan como alimento por excelencia; con el pan hemos de alimentarnos cada día, y Jesús nos enseña a orar por el pan de cada día (Mt.6,11). Lo necesita el cuerpo, pero lo que nos quiere hacer ver, de lo que nos está hablando es del alimento del alma. Lo hemos de comer, nos dice,  con el sudor de tu rostro. Con el esfuerzo y las renuncias a nosotros mismos para poder sentarnos a comer con Cristo. Cristo es el alimento de nuestra alma, el verdadero pan del cielo que nos da el Padre (Jn.6,32), el pan de Vida. Y el que va a Él nunca más tendrá hambre (Jn.6,35). En Él podemos caminar, avanzar fortalecidos.

El pan nos lo concede Dios para que conozcamos que nuestro espíritu para volver a Él, necesita del alimento que Él nos da para nuestra alma, pues es así como podemos ser salvados: poniendo nuestra voluntad y todo nuestro empeño para conseguirlo y así estar unidos a Cristo y nacer de nuevo en su Santo Espíritu, “porque el que vive en Cristo nueva criatura es” (2 Cor.5,17).

Hasta que vuelvas al suelo. 

Hasta que el hombre reconozca que por sí mismo no es nada, se despoje de todo lo carnal y renazca a la Vida del espíritu; hasta que resucite en Cristo y viva su realidad espiritual; hasta el día final, hasta que el hombre se haya entregado totalmente a Dios, despojándose de su condición terrenal.

Y el hombre que no entendió, siguió preguntándose ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? (Heb.2,6). Sólo percibía la muerte del cuerpo que vuelve al suelo.

Pues de él fuiste tomado.

El hombre no fue despojado de cuánto él mismo había libremente elegido, sino que Dios ha respetado la libertad de nuestra decisión. Es lo que veremos en el segundo relato de la creación del hombre (Gén.2,7).

Ahora desde nuestra condición humana, hemos de reconocer nuestro error, dándonos cuenta de cuánto hemos perdido, y reconocer la situación que voluntariamente     habíamos elegido. Eso es volver al suelo de donde el Señor nos tomó cuando estábamos caídos, para por su gran Amor resucitarnos.

Y a nivel natural, el cuerpo mortal todos sabemos que hemos de dejarlo cuando morimos porque vuelve al polvo, se convierte en nada. Así nos lo recuerda:

Porque polvo eres y al polvo tornarás.

Lo mismo en la realidad natural que en la espiritual, tanto los que resucitemos en Cristo a la Vida y seamos salvados, o los que se condenen y mueran, todos, hemos de dejar esta condición humana que es transitoria, un peregrinaje que por gracia se nos ha concedido por Dios para rescatarnos de la Muerte eterna (Jn.5,29).

Esta diferencia entre los males que se acarreó el hombre y las que se acarreó la mujer nos ha hecho ver también la diferencia entre ser iglesia (la Mujer) o ser en lo humano (el hombre). Nos muestran estos versículos con los males como consecuencia del pecado la situación de la humanidad entera. Y de esta situación, de este estado de la humanidad por la desobediencia nos siguen hablando los versículos que siguen.

 

Estado de la Humanidad en Desobediencia

El hombre llamó a su mujer Eva,

por ser ella la madre de todos los vivientes.

Yahveh Dios hizo

para el hombre y su mujer

túnicas de piel y los vistió.

(Gén.3,20)

 

El hombre llamó a su mujer Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes.

Eva, la madre de los vivientes, porque ella simboliza como ya hemos visto, a los seres que se acercaron al árbol prohibido e iniciaron el diálogo con el demonio (Gén.3,1-4). Ella al concebir en su ser el pecado fue el instrumento que generó el que no sólo ella, sino que muchos de los seres espirituales del jardín de Edén que aceptaron su invitación, descendieran a un estado de “confusión, caos y oscuridad”. Por ello se le nombra como madre de los vivientes, de toda la humanidad a la que luego Dios dio “un aliento de Vida”. Y ahí entonces comenzamos a ser vivientes.

 De forma similar, a Jesús que asumió la redención para rescatarnos, se le nombra como Hijo del hombre       (Lc.9,58) porque fue el pecado del hombre, de la humanidad, el que generó que Jesús viniera a redimirnos y se encarnara tomando naturaleza de hombre. Porque es hijo del hombre también se le llama, hijo de David (Lc.1,33-34). Y en David se dan estas dos condiciones, la de ser ungido y la de ser pecador. Jesús es el Ungido, que tomó nuestros pecados.

Y Jesús es Hijo de Dios que concibió la redención, y es Hijo del hombre ya que Él asumió el rescate, por  los pecados que el hombre concibió. Si no hubiésemos pecado no habría sido necesaria la redención.

Y Dios por su gracia nos concede este estado en el que nos encontramos, para levantarnos hacia Él. Después de todas las cosas creadas, de todo lo creado en nosotros, nos provee de estas túnicas de piel:

Yahveh Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió.

Nos dota de cuanto necesitamos para estar aquí, y como un vestido, como un broche precioso con el que concluye su obra creadora para nosotros, estas túnicas de piel, nuestros cuerpos mortales. Dios nos concedió este cuerpo para permanecer en el medio que Él creó para nuestras vidas aquí en la Tierra. Como un vestido de sayal, simbólicamente (Ap.11,3).

 Y nuestro cuerpo creado en la perfección como todo lo que viene de Dios, habla por medio de cada uno de sus elementos. La Biblia los toma como símbolos: el corazón (Rom.8,27), el hígado (Lm.2,11), los ojos (Mt.5,38), las entrañas (Os.11,8), los órganos de los sentidos (1Cor.12,17), los huesos (Ez.37,1ss), la médula (Heb.4,12), etc. Y nos sirven de signos de un lenguaje de entendimiento con Él,  creado para nosotros, y que nos hacen entender cómo nuestras vidas espirituales han de desarrollarse para ser en Dios.

La forma en que funciona nuestro organismo, como la necesidad del agua, del alimento, de movernos, etc., nos enseña a conocer cómo hemos de vivir nuestra vida espiritual.

Todo lo que podemos percibir, conocer, entender o sentir, todo tiene el propósito de Dios para que conozcamos cómo hemos de vivir y ser para llegar a ser salvados. Todo en su conjunto aporta Luz para el que quiera mirar y ver. Se nos ha dado mientras estemos aquí, pues habrá después una separación definitiva entre el bien y el mal, entre la Luz y las tinieblas, conforme sabemos, y se ha ido viendo también a través de este relato.

 

    

 

    

                         

 
   
   
   
   
   
   
   

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